Recientemente en una búsqueda básica en Google, sobre el escritor y poeta chileno Alejandro Zambra, encontré un “post” en el blog de Iván Thays, El Moleskine Literario. En esta entrada, Thays menciona que el editor Jorge Herralde dijo que no existe una fórmula para descubrir a un nuevo escritor, pero expresó que “es algo que se produce cuando lees muchos manuscritos y entonces uno de ellos te produce un escalofrío que te recorre la columna vertebral”. Thays aseguró que esa fue la sensación que sintió al leer a Bonsái, una novela corta de Alejandro Zambra. Bajo el “post” de Thays se encuentran varios comentarios, uno en especial me llamó la atención:
Saludos desde México, buscaba algo más sobre Zambra y afortunadamente encontré este blog. Hoy conocí al autor de Bonsái y después de escucharlo decir “escribo la historia que puedo contar, sin ninguna pretensión” me di cuenta que el gran bloqueo para escribir que tuve por mucho tiempo, fue desear contar lo que no puedo. Cierto que no hay recetas, pero a veces escuchar a un compañero le recuerda a uno que hay un límite y dentro de él una posibilidad: escribir lo que soy.
Parte del éxito que ha tenido este escritor, de 34 años, es sin duda que ha logrado capturar la atención de los lectores con temas cotidianos y nada rebuscados. Como dice la lectora del blog, Zambra aseguró que escribe sobre lo que puede contar, sobre lo que conoce. La producción literaria de este escritor consta de dos poemarios y dos novelas, además de un sin número de artículos sobre crítica literaria. Su primera novela, Bonsái, comienza a trazar el boceto de una forma anhelada.
Con esta novela plantea la posibilidad de concebir una literatura con una forma compleja y bien estudiada, pero a la vez simplificada mediante la economía del lenguaje. El bonsái con su estética miniatura de un árbol, que podría ser más grande, se convierte en una metáfora de la literatura misma para Zambra, una forma de seguir la propuesta de Borges de escribir novelas como si fuera un resumen de novela.
No recuerdo con precisión el momento en que Bonsái comenzó a ser (o a parecer) una novela. Desconfiaba de la ficción; desconfiaba, en especial, de que fuera capaz de contar una historia, de que hubiera, para mí, una historia que contar. No quería escribir una novela, sino un resumen de novela. Un bonsái de novela. Borges aconsejaba escribir como si se redactara el resumen de un texto ya escrito. Eso hice, eso intenté hacer: resumir las escenas secundarias de un libro inexistente. En lugar de sumar, restaba: completaba diez líneas y borraba ocho; escribía diez páginas y borraba nueve. Operando por sustracción, sumando poco o nada, di con la forma de Bonsái (Alejandro Zambra en “Árboles cerrados. A propósito de Bonsái”).
Su segunda novela, La vida privada de los árboles, es la continuación no de la historia de Bonsái sino de la obsesión de este chileno por la estética minimalista. La vida privada de los árboles es el relato de un joven que durante una noche analiza su pasado y recrea el futuro mientras espera a su esposa, que no llega, y cuida de una niña, que no es su hija, pero que le resulta imposible no verla como tal.
En esta novela, Julián, el personaje principal es un profesor de literatura, que asegura desear ser una “voz en off”. Un tipo sencillo que trabaja en cuatro universidades diferentes, que escribe o dice escribir los domingos una novela sobre un bonsái, quien además se casó con una repostera con habilidades artísticas que tiene una hija de ocho años a quien Julián distrae en las noches con historias sobre “la vida privada de los árboles”.
¿Qué tiene de relevante esta novela cuyo borrador consistía de unas 47 páginas? Zambra como crítico literario reconoce que la literatura en su país durante décadas estuvo influenciada por la tragedia que marcó la dictadura. La tragedia y la dictadura fueron narradas mayormente a través de memorias y es de ese tipo de narrativas que se quiere distanciar Zambra.
Otro aspecto de la propuesta de Zambra sobre la literatura es que también se debe alejar de las tragedias. Esto se muestra cuando el narrador le deja saber al lector en varias ocasiones que la historia no termina hasta que el personaje de Verónica llegue o Julián sepa que ésta no regresará. Entonces nos debemos preguntar por qué no sabemos lo que ocurre después.
Podemos pensar que para Zambra mencionar en la novela que la literatura chilena es de color café tiene un doble significado (77). Éste comenta en una entrevista que cuando niño recibían en la casa una colección de libros que provenían de España y otros países. Así sabemos que la colección de textos chilenos eran identificados con este color. Sin embargo propongo que el color café es una metáfora de la tragedia; del pasado oscuro de la dictadura que marcó la literatura chilena. No debe ser coincidencia que Julián, según comenta el narrador, debió llamarse Julio, pero que por respeto (o temor) a las autoridades del registro demográfico, sus padres no corrigieron el error (72).
En La vida privada de los árboles, cada personaje que se presenta tiene un significado dentro de la propuesta literaria del autor. Julián como el nuevo narrador y representante de las “voces en off” (83). Verónica como esa madre ausente, tal vez metáfora de la literatura española y su influencia sobre la literatura chilena, pero que ya no está. Fernando, el padre de Daniela, es descrito en la novela como una mancha, aunque se asegura que la niña pensaba que éste era más “lindo” que Julián. ¿Acaso Zambra propone la que los relatos anteriores, con más adornos, eran más atractivos para el lector?
Finalmente, Daniela es la metáfora de la literatura misma y a la vez del lector. Una niña curiosa en plena formación que es el producto de una familia no tradicional influenciada por una madre ausente, un padre que ya no vive junto a ella y un padrastro que la cuida e inventa historias sobre la vida privada de los árboles. Así podríamos decir que como una “principita” Daniela debe conocer el secreto para evitar que los boababs crezcan y destruyan su planeta. Daniela es la metáfora de un bonsái que Julián debe formar.
En su ensayo “Muy lejos del boom”, Alejandro Zambra discute la intención que tuvo al escribir sus dos novelas:
Al escribir Bonsái o La vida privada de los árboles no sabía muy bien qué quería representar. Tal vez nada. Todo lo que puedo decir sobre esos libros es posterior a la escritura, y corresponde, más bien, a la primera y única vez que los leí ya terminados. En ambos libros obedecí al solo deseo de desplegar imágenes que me parecían válidas. Ahora pienso que al escribir esas novelas quería nombrar las vidas medianas y nada novelescas de quienes crecimos leyendo libros de color rojo, beige y café. Ahora pienso que deseaba, quizás, hablar de personajes que no quieren o que no pueden ser personajes, tal vez porque son chilenos. Quizás deseaba hablar de nuestro pobre pasado vegetal, de la impostura, de las frágiles nuevas familias, en fin, de la vida que, como dice John Ashbery, es “un libro cuya lectura alguien ha abandonado”, y de la muerte, de los muertos ajenos y de los muertos propios.
Esta cita también nos muestra cómo el autor quiso distanciarse, al igual que la mayoría de los autores hispanoamericanos contemporáneos, de la generación del boom. Como se ha mencionado en innumerables textos, los/las nuevos/as escritores/as se han revelado contra todo paradigma pasado que pueda encajonarlos como una marca, como diría Jorge Volpi, una marca que mantenga como sinónimo a la literatura hispanoamericana con Cien años de soledad.
Para concluir, podemos decir que los nuevos escritores hispanoamericanos están buscando nuevos estilos para distanciarse de sus predecesores, los miembros de la generación del boom. En el caso de Alejandro Zambra, poeta y escritor, éste recurrió a una serie de estrategias para ahuyentar lo que hemos denominado en este ensayo como espíritus de la memoria y la tragedia. Zambra se propuso implantar una estructura minimalista, inspirada sin duda en la narrativa japonesa y los bonsáis. Asimismo recurrió al meta-relato influenciado por las lecturas a escritores como Paul Auster. Esta técnica, al igual que el humor le dieron a Zambra la posibilidad de distanciarse del tono dramático y trágico que caracteriza a las memorias pasadas.









