Quizá sea la última obra de Paul Auster, Travels in the scriptorium donde se refleja ese famoso territorio metafísico literario que siempre ha caracterizadoa este autor. Érase un Auster a una metaliteratura pegado: ficción dentro de la ficción, literatura que hace nido en la literatura, escritores como protagonistas, orgía literaria dentro del prisma de la ficción.
Tiene un encantamiento especial este autor para jugar con nuestra mente y colocarnos ahí una historia para que la habitemos, para que no solo vigilemos a los personajes y disfrutemos del paisaje desde fuera, sino que el lector participe en el juego, se implique, se moje. Como si cruzáramos un laberinto o resolviéramos un crucigrama, nos convertimos en exploradores de la mente de un Auster que no deja de sorprendernos. Y él, desde el otro lado de la barrera se desliza por nuestra conciencia, nos revuelve los sesos, para dejarnos, cada noche al cerrar el libro, aún más desconcertados. Y es que este autor neoyorkino coloca las piezas simulando un puzzle y que cada uno se las apañe para componer la historia, donde el final categórico no existe, y dentro de las pautas que ofrece Auster, siempre hay lugar para nuestro particular The end, nunca fácil en todo caso.
Viajes… es una novela laberinto. Una cueva claustrofóbica. La acción se desarrolla exclusivamente dentro de una habitación que semeja una celda, donde solo hay una puerta, una ventana, una cama, una mesa y una silla. En este escenario un hombre mayor, Mr. Blank, se despierta cada día sin memoria de hechos pasado, sin conocimiento de quién es. Sin saber si está encerrado en la habitación o por el contrario es libre de irse. Los pocos objetos que la componen están marcados con etiquetas de una sola palabra que describen el objeto, y poco más aparte de varias fotos en blanco y negro están esparcidas en la mesa junto a una pila de folios manuscritos. De repente aparece una mujer llamada Anna, y habla de píldoras y tratamiento, pero también de amor y promesas.
Seguimos la desorientación de Mr. Blank, paso a paso y detalle a detalle, como si estuviéramos detrás de esas cámaras y micrófonos ocultos en la estancia. Somos el gran hermano que observa a este hombre de memoria perdida durante un día completo. Le seguimos en la lectura de un manuscrito que saca a escena otra historia dentro de ésta, la de un prisionero que transcurre en un mundo alternativo de los que nos tiene acostumbrados Auster. Y es a través de ese viaje por el manuscrito que el autor saca su espada políticamente afilada, desenredando las tácticas manipulatorias de las que se sirve el hombre para crear las guerras que le convienen.
Texto misterioso, identidades líquidas, pasados secretos, desfile de viejos personajes bien conocidos por los lectores de Paul Auster: Quinn (pez que se muerde la cola, pues ya el autor le disfrazó de un detective llamado Paul Auster en “Ciudad de cristal”), Anna Blume, David Zimmer, Fanshawe, Samuel Farr, John Trause, Marco Fogg…¿Personajes de obras anteriores paseándose por ésta? os preguntareis; llegados a la clave os voy a dejar con la miel en los labios. El camino es prometedor.







